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Inauguración
8 de noviembre en Colección Alvear.
Hasta el 12 de diciembre
UN MENSAJE DE PAZ
Rikelme
nació en Aguada de la Piedra, en la precordillera rionegrina en
el invierno de 1933. Vivió hasta los ocho años en el campo,
alternando entre la escuela rural a la que llegaba en su yegua tordilla,
las tareas de boyero y el cuidado de los mimbres que plantaba. Allí desde
lo alto de su cerro Tapiliuque aprendió a ver a la distancia. Su familia se mudó luego a Maquinchao y
más tarde a San Antonio Oeste donde dedicaba su tiempo libre al
dibujo, su temprana pasión. La siguiente posta, en Puerto Madryn,
lo encuentra con el oficio de calderero, trabajando en el ferrocarril
y pintando con una técnica adquirida por si mismo, a costa de muchas
horas de dedicación. Cuando cumplió 24 años
quemó las naves: abandonó su oficio y su trabajo y partió a Buenos Aires decidido a estudiar Bellas
Artes. Ingresó a la Escuela Manuel Belgrano pero al poco tiempo sobrevino el
desencanto. Demasiado ruido para quien había crecido en la soledad
y el silencio.Pudo, en cambio, merced a su dominio del dibujo
encontrar rápidamente una fuente de ingresos que le permitiera
vivir: hizo una vertiginosa carrera en el mundo de la publicidad que también
desechó para dedicarse a lo suyo. Pasó una tempo-rada
en el taller de Carlos Cañás y obtuvo una beca del Fondo
Nacional de las Artes. Hizo abstracción, tachismo,
y pintura espacial, hasta, que un dia su cerro Tapiliuque, aquel desde el cual aprendiera a ver a
la distancia, se instaló en su taller con una presencia ineludible.
Nació entonces un hombre nuevo al que Claudio Riquelme bautizó
como Rikelme, escrito con una grafía diseñada por el artista,
con la intención de homenajear a sus ancestros de la precordillera rione-grina. Su pintura,
a partir de entonces contiene la geografía y la austeridad de su
niñez. Paisajes de soledades y dis-tancias, de inmensos espacios
amojona-dos por árboles solitarios.
Las reminiscenciaspatagónicas
ejecuta-das por medio de finas veladuras y labo-riosos entramados de punta
de pincel, se enriquecieron en nuevas búsquedas, navegó
el Beagle, caminó las playas del Atlántico austral y
se adentró en la cordillera cuyana. Inevitable
parecía que la austeridad sureña, sucumbiera algún
día ante paisajes menos desolados. Las distintas
notas de la cálida melodía de las pampas, las alamedas y
los girasoles en flor captaron entonces el interés de este mirador
incansable y se incorporaron en su repertorio.
Alguna vez Rikelme, con humildad y grandeza se
definió como un pacifista, compro-metido con
la ecología y la preser-vación
del paisaje natural. Vivimos en un mundo violento, y quiero que mi
obra sea un mensaje de paz . Los veinte años transcurridos
desde su primera exposición en Zurbarán nos permiten testimoniar
que Rikelme logra cabalmen-te su cometido. Esta nueva
muestra retoma una vieja relación
de coope-ración con la Fundación Vida Silvestre
Argentina,
que comporta nuestro home-naje a la ímproba tarea
que realiza y nuestra ferviente adhesión a sus
objetivos.
Carlos María Pinasco
Octubre de 2004
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