 |
 |
Sólo recuerdo que esta curiosa historia de
amor comenzó hace muchos años, muchísimos años;
("tempus fugit", tenía razón Virgilio). Yo
chapoteaba entonces, creo que por última vez, en las inseguridades
semipenumbrosas de la adolescencia. De lo que no me acuerdo es del
lugar, pero de imprevisto me sentí detenido por una fuerza
que me impedía moverme, presa del hechizo que surgía
de una de las vidrieras del negocio, en Córdoba o en Florida,
no estoy muy seguro. Una vidriera con pinturas, que invitaba a entrar
y a comprar.
Eran telas de Leopoldo Presas, un nombre para mí, de 17 años,
totalmente desconocido. No importaba. Entré, y haciéndome
el ditraído me apropié de uno de los catálogos
sin saber que se entregaban sin cargo, y me fuí hasta Plaza
San Martín, allí nomás, para gozar de mi tesoro.
Comenzó así mi carrera de "mirón" que
con el tiempo fueron abonando Vicente Forte y Moraña. El primer
catálogo que escribí para una muestra me lo pidió
Héctor Basaldúa, hace algo mas de 40 años.
Pettoruti, Soldi, Vidal y Mac Entyre, todos ellos, y muchísimos
más, fueron mis "prologados" y amigos. Presas, recuerdo,
vivía en un primer piso muy frío, de una importante
avenida (¿Almirante Brown?) de Barracas. No se por qué,
siempre estaba resfríado o con tos. Quería tener unas
palabras mías (yo no cabía en mi ropa por el honor),
para una exposición en la Galería América. Ahora
Presas se ha mudado, me dicen que a Avenida de Mayo al 800; no me
ha llamado él sino Carlos María Pinasco, quien con tibia
paciencia acaba de hacerme ver, una por una las obras a ser expuestas. |
| |
|
|
|
Varias de ellas han sido pintadas en papel,
de manera espléndida, pero no es de extrañar pues es
una técnica que el pintor conoce muy bien, como lo demostró,
hace años, con su sorprendente "Serie pornográfica".
Frente a la por mí muy querida y admirada pintura de Leopoldo
me sucede algo extraño: experimento una sensación dual,
una dualidad que parece manatr de ellas; no es que las visiones del
artista sean dobles, sino que siento como si los originales hubiesen
sido recubiertos por una transparente capa, finísima y viscosa,
que les da una apariencia de saurios de carácter visual.
Un arte singular, que rebosa de originalidad, y que, si se lo contempla
desprovisto de la suficiente fuerza espiritual, puede despertar temor.
Pero que lejos de hacerlo o de causar rechazo, habida cuenta de sus
elevados valores estéticos, llama extrañamente, convoca
con dulzura, pide que uno habra ventanas en su mente y con confianza
se le entregue. Llegado a ese exacto punto es posible que comience
entonces, otro romance parecido al que inicia estas líneas.
César Magrini
Mayo de 2001 |
|
|
| |
|


|
|
|
|
|
 |