Leopoldo Presas
Expo Nº 125 Mayo de 2001
Obras en exposición
Sólo recuerdo que esta curiosa historia de amor comenzó hace muchos años, muchísimos años; ("tempus fugit", tenía razón Virgilio). Yo chapoteaba entonces, creo que por última vez, en las inseguridades semipenumbrosas de la adolescencia. De lo que no me acuerdo es del lugar, pero de imprevisto me sentí detenido por una fuerza que me impedía moverme, presa del hechizo que surgía de una de las vidrieras del negocio, en Córdoba o en Florida, no estoy muy seguro. Una vidriera con pinturas, que invitaba a entrar y a comprar.
Eran telas de Leopoldo Presas, un nombre para mí, de 17 años, totalmente desconocido. No importaba. Entré, y haciéndome el ditraído me apropié de uno de los catálogos sin saber que se entregaban sin cargo, y me fuí hasta Plaza San Martín, allí nomás, para gozar de mi tesoro.
Comenzó así mi carrera de "mirón" que con el tiempo fueron abonando Vicente Forte y Moraña. El primer catálogo que escribí para una muestra me lo pidió Héctor Basaldúa, hace algo mas de 40 años.
Pettoruti, Soldi, Vidal y Mac Entyre, todos ellos, y muchísimos más, fueron mis "prologados" y amigos. Presas, recuerdo, vivía en un primer piso muy frío, de una importante avenida (¿Almirante Brown?) de Barracas. No se por qué, siempre estaba resfríado o con tos. Quería tener unas palabras mías (yo no cabía en mi ropa por el honor), para una exposición en la Galería América. Ahora Presas se ha mudado, me dicen que a Avenida de Mayo al 800; no me ha llamado él sino Carlos María Pinasco, quien con tibia paciencia acaba de hacerme ver, una por una las obras a ser expuestas.
 
   
Varias de ellas han sido pintadas en papel, de manera espléndida, pero no es de extrañar pues es una técnica que el pintor conoce muy bien, como lo demostró, hace años, con su sorprendente "Serie pornográfica". Frente a la por mí muy querida y admirada pintura de Leopoldo me sucede algo extraño: experimento una sensación dual, una dualidad que parece manatr de ellas; no es que las visiones del artista sean dobles, sino que siento como si los originales hubiesen sido recubiertos por una transparente capa, finísima y viscosa, que les da una apariencia de saurios de carácter visual.
Un arte singular, que rebosa de originalidad, y que, si se lo contempla desprovisto de la suficiente fuerza espiritual, puede despertar temor. Pero que lejos de hacerlo o de causar rechazo, habida cuenta de sus elevados valores estéticos, llama extrañamente, convoca con dulzura, pide que uno habra ventanas en su mente y con confianza se le entregue. Llegado a ese exacto punto es posible que comience entonces, otro romance parecido al que inicia estas líneas.

César Magrini
Mayo de 2001