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La paleta luminosa de Graciela
Genovés, su sereno cromatismo, pleno de armonías,
condice con su mirada del mundo, cargada de afectos. Por eso trata
temas de la vida cotidiana, se detiene en el prójimo (lo
próximo).
Figuras humanas femeninas y masculinas, niños (muy ausentes
en la pintura argentina de las últimas décadas), animales
domésticos; flores y plantas integran su repertorio de seres
vivos. También están los objetos familiares de nuestras
casas (mesas, manteles, sillas, un plato de comida, unas frutas).
No son naturalezas muertas en el sentido tradicional ya que no son
materia de una representación plástica sino el registro
de una presencia conformadora del habitar humano.
La artista incursiona, asimismo, en otros temas que detienen su
mirada en los cafés, rincones que identifican a San Telmo,
vidrieras, espacios que vinculan lo interior y lo exterior, algún
inquietante desnudo, frente a estos temas no es difícil recordar
a Edward Hopper y su sentido de la soledad en la inmensidad de la
vida urbana, aunque en este caso el acento es otro.
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