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Esta metodología es aplicada, con variables y decorados
mutantes, en diversas obras, tales como "Esperando para despertar",
que reúne una fachada de casa, telón rojo al fondo
agitado por el viento tablado con escalera y persona en su contexto
dramático; o "El relato", sucesión de espacios
repetidos y separados con un lector en tres planos y otras secuencias
concomitantes; y "La mente en blanco", una magnífica
representación que contrasta la algarabía de los escolares
con un pizarrón que uniforma siluetas proyectadas.
El poeta T.S.Eliot escribía que el designio de los isabelinos
era lograr un realismo completo, pero sin renunciar a las ventajas
que como artistas existe en las convenciones no realistas. No digo
con esto que la pintura de Claudio Gallina se asemeje al teatro
isabelino, pero en sus coordenadas encontramos una postura dramática
que entre bambalinas se confunde con las secuencias de dramaturgos
isabelinos y jacobinos como ford, Chapman, Webster, Fletcher, Marlowe
y por supuesto el antes y después de Shakespeare.
En las telas de Claudio Gallina creo que el espíritu alegórico
y ese realismo (no a la manera de Courbet) que podría denominar
simbólico, están profundamente aliados al teatro y
su esencia, que se conjuga adecuadamente en su visión plástica
con tonos neutros aunque a veces exhuberantes.
Su mundo, compuesto de escenarios, terrazas, edificios como componentes
del decorado, es el territorio propicio para ubicar sus personajes,
protagonistas del misterio de vivir que en sus infinitas situaciones
es la materia narrativa del artista.
Raúl Vera Ocampo, Octubre de 1999.
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