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Bodegones En el Buenos Aires del siglo XIX los porteños
no gozaban de fortuna, únicamente vivían del comercio
y sobre todo del contrabando. Pocos eran los que tenían inquietudes
artísticas y podían adquirir obras para decorar sus
casas.
Los artistas que vivían de su arte eran escasos, casi siempre
se trataba de retratistas y fue el francés Carlos Pellegrini
el preferido de la sociedad porteña, ya que hacía estupendos
retratos a la acuarela en tan sólo dos horas y a precios acomodados.
En su contabilidad se registran más de 500 retratos en una
década, a razón de uno por semana. El otro artista que
logró tener un buen mercado fue Ignacio Manzoni, que no sólo
era un estupendo retratista y pintor de cuadros de género,
sino que también impuso los bodegones y la "natura morta"
o como le dicen los alemanes los "cuadros de vida silenciosa".
En este ambiente llegó un joven de 17 años a Buenos
Aires, su padre se dedicaba a hacer marcos y vender artículos
de ferretería. El niño era aficionado al dibujo, ya
que había cursado en el Liceo de Génova algunas clases
elementales. Uno de los clientes de su padre lo ve realizar un estupendo
dibujo ecuestre y se ofrece a darle clases gratuitas, con gran honestidad,
el maestro que se llamaba Luigi Novarese a los pocos meses le manifiesta
al padre que no tiene nada más que enseñarle al joven
alumno, ya que las obras que realizaba eran de una calidad superior.
Chiama comienaza a exponer sus obras en el Café Italia, y son
los inmigrantes italianos sus primeros compradores. Luego compite
con la sobras de bodegones realizadas por Manzoni y es Isaac Fernández
Blanco quien se convierte en su mecenas y logra que las familias porteñas
le encarguen pinturas para sus comedores. Las mismas las realizaba
en el tamaño solicitado y eran incorporadas generalmente a
las boisseries de los comedores a manera panneau decorativos. |
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Agosto-Septiembre de 2000
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No era Chiama un hombre extrovertido, y cuando comenzaron
a importar reproducciones de bodegones, a fin de siglo, su clientela
mermó, ya que él no supo demostrar la diferencia entre
una reproducción y una buena obra realizada con sus pinceles.
Cándido López, el grandioso "manco" de Curupaytí,
comienza también a imitar las obras de Chiama, ya que la venta
de sus obras referidas a la guerra de la Triple Alianza se demoraba
ante la falta de decisión de la legislatura nacional, en adquirirlas.
Al final de su vida se dedicaba a la enseñanza y pinta algunos
paisaje scarentes de perspectiva, y curiosamente en el mismo formato
que las obras que realizara Cándido López, a propósito
de sus vivencias en la guerra.
Hoy luego de 15 años de exhibir las raras y pocas obras que
hemos podido coleccionar de este extraordinario artista, presentamos
con gran orgullo, a una década de la última exposición
de sus obras, un conjunto que abarca cincuenta años de actividad.
En estos 22 estupendos bodegones hay una línea permanente y
continuada, el profundo amor con que cada una de las obras está
realizada. Chiama falleció en Buenos Aires a la edad de 67
años, humilde y sencillo como siempre.
Ignacio Gutiérrez ZaldívarAgosto de 2000 |
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