Eduardo Audivert
Expo. N° 128 Octubre de 2000
Obras en Exposición
Eduardo Audivert
Un Amigo Entrañable

Durante ocho años tuvimos el privilegio de frecuentar a Eduardo en una relación que empezó siendo laboral para convertirse rápidamente en amistosa y poco más tarde en entrañable.
Eduardo siempre estaba presente. Infaltable en las inauguraciones de sus colegas, asiduo visitante de los sábados en que venía a tomarse un cafecito y echar un párrafo y de asistencia perfecta a lo largo de sus exposiciones en que recibía a su infinidad de amigos con ese espíritu siempre alegre, cordial y luminosos como son sus acuarelas.
Cinco veces expusimos sus obras en Buenos Aires. Con Nacho, viajaron a los Estados Unidos para presentar en Washington la muestra Argentine Now y más tarde a Estocolmo donde deslumbró (nada menos que en Sotheby`s). A la vuelta de sendos viajes pintó los paisajes del Potomac y aquella tan recordada exposición inspirada en el Giverny de Monet.
Había nacido en Buenos Aires, el 2 de agosto de 1931. No tuvo una infancia fácil, pero tampococ infeliz. Cuando sólo tenía doce años su padre emprendió un largo viaje de estudio y trabajo que lo llevaía por América y Europa. Se llamaba Pompeyo Audivert, era un catalán rígido y un eximio grabador. Eduardo pasó
entonces los difíciles años de la adolescencia con su abuela trabajando en un taller tipográfico para mantener el hogar. No había tiempo para el colegio secundario pero si para tomar clases de dibujo con Demetrio Urruchúa. En su estudio Eduardo conoció a Castagnino, a Colmeiro, a Berni y a Spilimbergo, que preparaban allí los bocetos para la cúpula de las Galerías Pacífico. Allí aprendió también a amar el arte.

   

En 1949 su padre, que poco antes había regresado de su viaje, se incorporó a la Universidad de Tucumán. Con él fue Eduardo, quien durante tres años tuvo como maestros a Spilimbergo, Szalay y a su padre. Fueron años de disciplina y esfuerzo que le dieron un acabadodominio técnico y templaron (aun más) su carácter

Con estos antecedentes no es de extrañarse que Audivert se dedicara al grabado y más específicamente al grabado al buril. Técnica dura, precisa y esforzada en la ejecución, rígida y austera en los resultados.
Los grabados de la década del 50 (con los que obtuvo premios en los salones de Tucumán, Santa Fé y de Mar del Plata) son de un marcado realismo. Sintomáticamente incluyen una serie sobre la niñez.
Viene más tarde una etapa donde aparecen sillas, ventanas y escaleras, que alguien calificó de conceptualista y luego otra que la crítica saludó unánimemente y encasilló dentro del realismo mágico.
Diría que en aquellos años Eduardo, además de seguir acumulando distinciones va liberándose del pasado y encontrándose consigo mismo.
Un día el buril se le hace demasiado duro y toma el pincel. Aprende a usar la acuarela y poco a poco dulcifica su imagen. Victoria Martín, su mujer ha entrado en su vida y la rígida herencia catalana ha quedado atrás.
Entonces su obra refleja su alma. Deviene sensible y generosa. Ya no pinta sillas ni tornillos, sino eucaliptos, otoños, ovejeros, flores, atardeceres, ranchos y sus cabalísticos incendios.
Dos años atrás Eduardo Audivert se nos fue. Quedaron en cambio sus obras que ahora exhibimos como homenaje al gran artista y al mejor amigo.

Carlos María Pinasco
Septiembre de 2000

 
El Arroyo

 

   
 
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