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En 1949 su padre, que poco antes había
regresado de su viaje, se incorporó a la Universidad de Tucumán.
Con él fue Eduardo, quien durante tres años tuvo como
maestros a Spilimbergo, Szalay y a su padre. Fueron años
de disciplina y esfuerzo que le dieron un acabadodominio técnico
y templaron (aun más) su carácter
Con estos antecedentes no es de extrañarse que Audivert
se dedicara al grabado y más específicamente al grabado
al buril. Técnica dura, precisa y esforzada en la ejecución,
rígida y austera en los resultados.
Los grabados de la década del 50 (con los que obtuvo premios
en los salones de Tucumán, Santa Fé y de Mar del Plata)
son de un marcado realismo. Sintomáticamente incluyen una
serie sobre la niñez.
Viene más tarde una etapa donde aparecen sillas, ventanas
y escaleras, que alguien calificó de conceptualista y luego
otra que la crítica saludó unánimemente y encasilló
dentro del realismo mágico.
Diría que en aquellos años Eduardo, además
de seguir acumulando distinciones va liberándose del pasado
y encontrándose consigo mismo.
Un día el buril se le hace demasiado duro y toma el pincel.
Aprende a usar la acuarela y poco a poco dulcifica su imagen. Victoria
Martín, su mujer ha entrado en su vida y la rígida
herencia catalana ha quedado atrás.
Entonces su obra refleja su alma. Deviene sensible y generosa. Ya
no pinta sillas ni tornillos, sino eucaliptos, otoños, ovejeros,
flores, atardeceres, ranchos y sus cabalísticos incendios.
Dos años atrás Eduardo Audivert se nos fue. Quedaron
en cambio sus obras que ahora exhibimos como homenaje al gran artista
y al mejor amigo.
Carlos María Pinasco
Septiembre de 2000
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