 |
15 de octubre al 9 de noviembre
en Colección Alvear Av. Alvear 1658 de lunes a viernes de 10.30 a
21 sábados de 10.30 a 13
Pinta
Simplificando, un viejo maestro argentino de
dibujo y pintura clasificaba a sus alumnos en esforzados y brillantes. Decía de estos últimos que eran los que
nacían con habilidades para el trazo, para el color. Y siempre confirmaba
su preferencia por los primeros, los que debían hacerse, batallar,
aprender, insistir. Porque llegan más lejos, abundaba, porque persisten
en una búsqueda, porque han aprendido a no conformarse, a no perdurar
en el gustarse a sí mismos.
Conociéndolo, y habiéndolo escuchado muchas veces,
creí que eso era todo, más allá de sus ácidas
diatribas hacia los pintores que él consideraba ilustrativos, o meramente
decorativos, o los que sólo buscaban agradar, aparte de otras severas
precisiones acerca de los que perseguían algo que los distinguiese,
y, una vez logrado, replicaban sus obras, reiterándose para siempre.
Pero creí mal, porque no era todo. El maestro, Premio Nacional de
hace unas décadas, tenía otra categoría, otro lugar
en ese apasionado afán clasificatorio de sí mismo y de sus
pares, una categoría a cuya comprensión nos aproximaríamos
diciendo que resultaba de la conjunción de la brillantez y de la
perseverancia, y de algo más.
El que llegaba a este conocimiento e inquiría, de él sólo
lograba conseguir el nombre de alguno de sus más respetados pintores,
como Antonio Alice, y la repetición de un consabido verbo, a veces
más un pibe, como cuando me dijo: -Alice, pinta pibe-, aunque
yo ya no lo sea.
Me encontré con el maestro una noche, hace un año, escrutando,
más que observando o contemplando, las pinturas de Graciela Genovés,
discípula suya en el pasado, exponía en Zurbarán. Me
gruñó por saludo. Le pregunté interrogándolo
con la mirada, cabeceando hacia la obra de ella que estaba ante nosotros.
Entonces fue cuando volvió a mencionar los dos términos de
su reverenciada categoría, un nombre y aquel verbo:
Graciela pinta-, me dijo, como siempre en esta valoración
suya sin agregar más nada, esta vez ni el pibe.
Coincidí con él. Vuelvo a coincidir hoy al contemplar la maravilla
de las nuevas obras que ella expone en Colección Alvear. Insisten
en mí, y estoy seguro que en él y en muchos, entre las multitudinarias
propuestas plásticas que conforman como ingredientes el a veces tibio
y el a veces hirviente caldo de la imaginación, esas acuciantes ganas
de otro encuentro con las obras de una artista que pinta, esos persistentes
deseos de volver a ver pintura una vez más.
Celebremos.
Luis Hernán Rodriguez Felder
Octubre de 2002 |
|
|

Ciruelas 50 X 80
Desnudito Rosa 30 X 40

Desnudo con Flor de Jazmin.
80 X 60
Jazmines Marchitos 40 X 60
La polera naranja 70 X 50
Niña vestida de ángel 70 X 60
Pequeña Piedad 35 X 27
Piedad en el paso cebra 41 X 35
Rosas Mustias 50 X 80
Tango en San Telmo 90 X 120
|
|
|

Ciruela Roja y Verdes 50 X 40
Desnudo con Ramo Rojo 50 X 60
El Esta Lejos 50 X 70
La Familia de María 110 X 170
Mañanita Gris 30 X 40

Niñas en la Ventana 35 X 27
Peras y Balthus 80 X 50
Piedad en la esquina 110 X 170
¿Soy Linda? 65 X 50
|
 |